Moisés y Elías:
Historia, símbolo y esperanza

Dos hombres decisivos de la
historia del antiguo Israel que escribieron proezas inéditas, convirtiéndose en
símbolos universales y que se proyectan en profecías que anuncian un
protagonismo escatológico.
Figuras emblemáticas
Después de una agotadora jornada de trabajo,
Jesús invitó a tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, a experimentar
una vivencia extraordinaria. Los condujo en una larga peregrinación a través de
campos y valles, hasta llegar a una senda escarpada donde subieron penosamente
varios centenares de metros hasta la cima. Allí, presumiblemente sobre el Monte
Tabor, alcanzaron a ver los últimos destellos del ocaso. Desde esas alturas se
expandían los lejanos horizontes, abrazando un paisaje grandioso y melancólico,
que despertaba el hambre de infinito y la sed de eternidad. Las figuras grises
a la distancia iban perdiendo lentamente sus perfiles hasta quedar confundas en
una masa homogénea de oscuridad. El cansancio del viaje y el día agotador
pesaba sobre los párpados de los discípulos. Jesús los invita a mantenerse en
comunicación con Dios. Al principio siguieron las oraciones del Maestro, pero
las sombras y las fatigas fueron sumiendo a los tres hombres en el sueño.
Ahora, Jesús oraba para que sus discípulos “ les sea
dada una manifestación de la gloria que tuvo con el Padre antes que el mundo
fuese, que su reino sea revelado a los ojos humanos, y que sus discípulos sean
fortalecidos para contemplarlo. Ruega que ellos puedan presenciar una
manifestación de su divinidad que los consuele en la hora de su agonía suprema,
con el conocimiento de que él es seguramente el Hijo de Dios, y que su muerte
ignominiosa es parte del plan de la redención. Su oración es oída” .
De pronto ocurrió algo excepcional
y único. El negro cielo se abrió desde lo alto con un rayo de luz incandescente
que bajó para depositarse sobre la persona de Jesús. Una irradiación santa
resplandecía en la figura del Maestro que brillaba como el sol del mediodía.
Los discípulos impactados por el deslumbramiento, todavía embebidos en el
sueño, contemplaban asombrados sin entender esos raudales de gloria que
iluminaban el monte. Restregándose los ojos luchaban por percibir y comprender
lo que estaba pasando. Descubrieron que Jesús estaba acompañado por dos
personajes divinos, también tan deslumbrantes como él. Los tres seres
refulgentes dialogaban serenamente de los sucesos futuros de la vida de Jesús,
su martirio y partida (Lc.9:31). Una convicción clara y definida les hizo reconocer
que los acompañantes celestiales eran
Moisés y Elías. El espectáculo era fantástico y maravilloso. A pesar del sueño
experimentaron una sensación de gozo inefable, un estado de bienestar jamás
sentido y comprendieron ligeramente las delicias del reino de los cielos.
Querían permanecer siempre en esa irrealidad indescriptible de felicidad
inigualable que inundaba sus corazones. A Pedro se le ocurrió pedirle al
Maestro construir tres chozas para quedarse a vivir en ese lugar.
Mientras “los discípulos contemplaban
con temeroso asombro la excelsa majestad de Jesús y la nube que los cobijaba”
oyeron “la voz de Dios diciendo con terrible majestad: ‘Este es mi Hijo amado,
a quien he elegido, a él oíd’” . “Permanecieron
postrados, con los rostros ocultos, hasta que Jesús se les acercó, y
tocándolos, disipó sus temores con su voz bien conocida: ‘Levantaos, y no
temáis’. Aventurándose a alzar los ojos, vieron que la gloria celestial se
había desvanecido y que Moisés y Elías habían desaparecido. Estaban sobre el monte,
solos con Jesús” .
¿Por qué Moisés y Elías
participaron de esa evento de la “transfiguración” de
Cristo? ¿Por qué no estuvo Enoc o algún ángel
encumbrado? ¿Qué tuvieron de especial esos dos personajes? Ciertamente fueron
personalidades célebres que escribieron con sus vidas etapas trascendentes de
la historia bíblica. Los dos padecieron el aprendizaje del desierto. Sufrieron
la dureza de la soledad. Fueron intercesores del pueblo (Ex.32:32; 1
Rey.18:37). A través de ellos Dios manifestó su poder en forma excepcional y
prodigiosa. Así, por ejemplo, Moisés lanzó las plagas sobre Egipto para
castigar a los opresores del pueblo y especialmente atacar sus creencias
religiosas. Cada plaga apuntaba a mostrar la inoperancia de un dios del panteón
egipcio y demostrar el poder del Dios verdadero, creador de los cielos y la
tierra. Todas las plagas tuvieron un sentido teológico. Por su parte, Elías
operó con la misma estrategia. El castigo de la sequía de tres años y medio que
profetizó atacaba las creencias en Baal, el dios de la lluvia y el rocío y
Astarté, la diosa de la primavera, a los cuales se adoraban en su época.
Otro paralelismo sobresaliente
es que ambos se encontraron en el Sinaí. Moisés recibió allí los diez
mandamientos y las normas que debían regir la vida del pueblo, además de tener
el privilegio excelso de percibir los destellos de la gloria de Dios.
Precisamente en ese mismo lugar, Elías, varios siglos después, fue impresionado
por la presencia de Dios, manifestó en “el susurro de una brisa suave” (1 Reyes
19:12), recibiendo el mensaje de una nueva misión. Pero más allá de éstas y
otras similitudes, ambos próceres son figuras emblemáticas de la historia
sagrada. Representan ideales y valores permanentes, aún vigentes. De alguna
forma, todavía continúan brillando en lo alto del monte, despidiendo las luces
iridiscentes del mensaje de sus vidas.
Moisés, el fundador
A partir de aquel encuentro de frente, sin
mediadores, en el temblor ante la “zarza ardiente” (Ex.3), la vida de Moisés se
despliega hacia un desempeño trascendente. Podríamos sintetizar su vasta obra
en tres momentos principales, que constituyen la condensación de su actuación
heroica. Ellos son: la salida de Egipto, la recepción de los mandamientos y la
conducción durante el éxodo. La primera es la función liberadora, de concretar
la aspiración de autonomía del pueblo esclavo. La segunda es la función
legislativa, estableciendo las normas que dispusieron la organización y el
funcionamiento del pueblo. La tercera es la acción política, gobernando al
pueblo durante la primera etapa de vida independiente, dirigiéndolo por las
arenas del desierto hasta llevarlos a la frontera de la tierra prometida, donde
se establecerían en un estado. Su obra no pudo ser más completa. Abarcó todas
las áreas.
El liderazgo de Moisés no fue
una mera transición desde Egipto a Palestina. Toda su actividad fue heroica.
Conseguir la libertad de Israel de la opresión del mayor imperio mundial del
momento fue una hazaña increíble. Recorrer la geografía del éxodo fue un hecho
prodigioso. Interceder por el pueblo pecador para que no fuese destruido, fue
una acción sublime. Pero quizás la cumbre mayor proyección futura del patriarca
judío sea la del Monte Sinaí. Desde allí emanó la constitución nacional que son
los Diez Mandamientos y todo el aparato de leyes, aplicables a las costumbres, salud, higiene, vida religiosa y civil.
Constituyó las bases del orden jurídico. Un resumen del ordenamiento básico. El
pueblo es salvado, de esta manera, de la confusión y el desorden. Se asientan
los principios religiosos, morales, sociales y políticos que fundaron la
armonía de la sociedad organizada. Por eso Moisés, hay que concebirlo como el
constructor del pueblo de Israel. Su obra tuvo un sentido fundacional. Toda la
historia hebrea lo reconoce como el gestador de su
identidad. Estuvo en los inicios, para enseñar a respirar el aire matinal de la
experiencia de los comienzos.
Elías, el reformador
Por su parte, Elías fue "una voz
clamando en el desierto para reprender el pecado y rechazar la marea del mal” .“Vestido con una capa peluda y con un cinturón de
cuero en la cintura” (2 Reyes 1:8, ), curtido por la dureza de los vientos y
las intemperies, elevaba su voz atronadora para denunciar la corrupción y
luchar contra el plan maquiavélico ideado por Jezabel, la reina fenicia, para
destruir la fe religiosa del pueblo. Cuando la concubina de Acab
llegó al gobierno, bajo el programa de política exterior de aquellos tiempos
que refrendaban los acuerdos internacionales con casamientos, intentó modificar
los valores religiosos que identificaban a Israel. Amparada en la influencia
que ejercía sobre el débil e incompetente rey, buscó desmantelar el sistema de
culto y de educación. Persiguió y mató a todos los líderes que predicaban y
enseñaban la fe en Dios. En su lugar impuso la creencia en los dioses fenicios,
Baal y Astarté, designando en el lugar de los dirigentes abatidos,
cuatrocientos cincuenta profetas, importados de Fenicia. Era un colonialismo
religioso, que en realidad constituía un plan de sometimiento total, ya que la
religión era la esencia de la nación. La historia de Israel es la historia de
su fe. Sin sus creencias desaparecía como estado. Por lo tanto, la lucha por
defender la religión era combatir por la libertad y la independencia del
pueblo. Elías fue, entonces, el un nuevo libertador.
La política del imperialismo
fenicio dirigida por Jezabel no fue sólo destructiva. Luego de desactivar el
aparato teológico-educativo, lanzó una intensa campaña de divulgación de la
nueva religión. “Baal era adorado como la fuente de vida y bendiciones, como el
gran dios de las tormentas que daban humedad a la tierra y la hacían producir” . Asimismo, Astarté, fue conocida como representante del
“Amor, el Cielo, la Luna y la Primavera”, “hermana y esposa de Baal” (Dic.Mitología, 1963, t.1, 177). El espectáculo primaveral
de las verdes colinas surcadas por arroyos inagotables y bosques húmedos que
difundían su fragancia en un aire vibrante de zumbidos de insectos, fue
enseñado como regalo de los nuevos dioses. Aún la experiencia extremecedora del amor fue atribuida a la diosa. Por eso,
cuando Elías irrumpe en el palacio de Acab lanzando
la condena de la sequía (1 Reyes 17:1) buscaba desbaratar el engaño. Entonces,
la vegetación se marchitó, los arroyos se secaron y las tierras florecientes se
transformaron en arenales. Todo el pueblo entendió el castigo de Dios contra
las falsas enseñanzas. En vano los sacerdotes y profetas intentaron “producir
la lluvia haciéndose tajos con cuchillos” (Dic.Mitología,
Ídem, 209). Sólo el Dios creador de los cielos y la tierra tiene poder para
controlar la naturaleza.
Después de invalidar el error
era necesario extirparlo. Elías exige la congregación del pueblo en el Monte
Carmelo para la batalla final. Ante los cuatrocientos cincuenta profetas de
Baal debía probarse quien era el Dios verdadero. Se dirimió por medio de una
ordalía. Había que sacrificar un buey con la intervención divina prendiendo el
fuego. Durante horas los falsos sacerdotes bailaron frenéticamente en torno al
altar, saltando y gritando desaforadamente, mientras se laceraban la carne y
suplicaban la manifestación del dios. Fracasaron. Cuando le tocó el turno a
Elías, éste reprendió la laxitud y ambivalencia del pueblo, invitándolos a
decidir por la verdad -“¿hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos
pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él” (1 Reyes
18:21)-, luego oró y ocurrió un acontecimiento único en la historia. Un
estampido hizo temblar el monte y un rayo de fuego cayó sobre el altar,
consumiendo hasta las piedras. La centella resplandeciente impactó la vista e
iluminó el pensamiento del pueblo. Postrados de pavor ante el Dios invisible,
gritaron a una voz: “¡Jehová es el Dios!” Elías procedió, entonces, a la
ejecución de los pérfidos representantes del mal.
Después del éxito del monte
Carmelo, Elías, agotado por el esfuerzo, cayó abatido en una profunda depresión
anímica, “deseando morirse” (19:4). Sucumbió en una cueva cerca del Monte
Sinaí. Allí, probablemente en el mismo lugar donde siglos antes Moisés vio la
revelación divina , Dios se le apareció para inaugurar
una nueva etapa de su ministerio. Le enseñó que no estaba solo como pensaba
(18:22; 19:10, 14), que habían siete mil sin doblegarse al autoritarismo
religioso extranjero que requerían de su ayuda. Debía continuar su obra,
reconstruyendo el sistema educativo y reparando los valores quebrantados. El
genocidio de los maestros y profetas de Jehová perpetrado por Jezabel, movió a
Elías a reorganizar las escuelas devastadas, erigiendo tres centros de
educación, en lugares estratégicos de Israel, Gilgal,
Bet-el y Jericó . Ahora, su
voz resonó en el aula y su mensaje de cambio y reconciliación se multiplicó por
medio de centenares de portavoces que suministraron al pueblo el auténtico
conocimiento de la voluntad de Dios.
En síntesis, Elías realizó un
ministerio político y otro educativo, uno al servicio del cambio presente, otro
del cambio permanente. El primero, de decisiones y reformas, el segunda, para germinar
vidas consagradas a la sociedad. Una etapa de lucha contra la corrupción y
aplicando la justicia; otra de abnegación y reflexión, construyendo el futuro.
Un tiempo para vencer el despotismo y otro para preservar lo legítimamente
adquirido, para derrotar la injusticia y para alejar la peligrosa propensión a
la arbitrariedad. Elías encarnó al político y al educador, alguien que luchó
por lo bueno y también por lo mejor, que llamó al arrepentimiento del mal, pero
también enseñó el aprendizaje del bien. En esencia, fue un auténtico
reformador.
Figuras escatológicas
La última profecía del Antiguo Testamento,
anuncia solemnemente que “antes que llegue el día del Señor, que será un día
grande y terrible”, “ardiente como un horno, en que todos los orgullosos y
malvados arderán como paja en una hoguera” (Mal.4:5 y 1), es decir, antes de la
segunda venida de Cristo, aparecerá el profeta Elías, para “que padres e hijos
se reconcilien. De lo contrario vendré y castigaré su país, destruyéndolo por
completo” (vers 5 y 6, DHH).
Por eso, varios siglos después
(Jn.1:19-28), unos dignatorios judíos, inquietos por
la identidad de un nuevo profeta que había surgido, Juan el Bautista, le
preguntaron: “¿Eres tú Elías?”. Respondió que no. Luego volvieron a inquirir,
“¿Eres tú el profeta?, es decir, Moisés, “el profeta por excelencia”
(Comentario BJ, 1506). Juan volvió a negarlo. La conciencia de la aparición
futura, en los tiempos finales, de los
dos grandes héroes hebreos estaba viva y palpitante.
Luego que Moisés y Elías se
hicieran presente en el monte de la transfiguración,
el Apocalipsis, entre sus anuncios escatológicos, insiste en reivindicar un
espacio de evocación y presencia para el Fundador y el Reformador,
identificándolos con los “dos testigos” que se presentan en el capítulo 11.
Allí se narra que ambos profetizarían “vestidos de cilicio” (vers.3) o de
“ropas ásperas” durante 1260 años,
período que transcurrió, según los expertos , entre el
538 y 1798. Advierte la profecía, que luego de sufrir las violencias y
dificultades de esos tiempos duros, los testigos resucitarían para realizar
una empresa portentosa que provocará un temor reverencial entre quienes la
contemplen (11:11). ¿De qué se trata? ¿Cuál será ese quehacer prodigioso?
¿Cómo se repetirá la obra grandiosa que realizaron estos prohombres del pasado?
¿De que manera se repetirán los
signos del Sinaí y el Carmelo? ¿Habrá una vuelta a la enseñanza de los
mandamientos escritos en piedra en estos tiempos de relativismo? ¿Se hará un
nuevo llamado a salir de la incertidumbre ambivalente para elegir al Dios
verdadero? ¿Tendremos alguna manifestación prodigiosa de la divinidad? ¿Nuevas
plagas? ¿Sequías? ¿Es necesario afirmar la identidad con las normas del Sinaí
y las reformas del Carmelo? ¿Una vuelta a los orígenes olvidados? ¿Un nuevo
llamado a la mediación y a la reconciliación? Según la profecía todo esto
ocurrirá nuevamente de una forma portentosa que producirá asombro y pavor.
Además, Moisés y Elías
simbolizan las dos vías para alcanzar la eternidad. Dice la Biblia que Moisés
murió. “Subió de las Estepas de Moab al monte Nebo, cumbre del Pisgá, frente a
Jericó” (Deut.34:1, BJ) para contemplar a la distancia, por última vez, aquella
tierra de sus sueños. Allí se cerraron sus ojos y su cuerpo descansó. Sin
embargo, dice el registro sagrado que no permaneció en sepulcro. Dios reclamó a
su servidor. Aunque el Diablo, custodia de la muerte, luchó por retenerlo, tuvo
que desistir ante el poder de Dios (Judas 9). Por eso estuvo presente en el
monte de la Transfiguración de Cristo. Así, Moisés, se convirtió en
representante de aquellos que habiendo sufrido la muerte retornaran a la vida
cuando Jesús regrese a buscar a los redimidos. Por su parte, Elías, accedió al
cielo sin cruzar el río de la muerte. Dios los arrebató en una visión ígnea,
ascendiendo “al cielo en un torbellino” (2 Reyes 2:11, BJ). Así, se convirtió
en símbolo de aquellos que ascenderán, transformados por el poder de Dios (1
Cor.15:51), sin experimentar la corrupción fatal.
Actualmente, en algún lugar de
los espacios infinitos del universo, Moisés y Elías gozan ya de la
bienaventuranza eterna, como primicia de aquellos que serán trasladados sin ver
la muerte o de quienes la traspasaran. Desde más allá de las estrellas sus
obras y mensajes continúan. A pesar de los siglos y milenios transcurridos,
continúa vigente el ejemplo de sus vidas, la pasión por el servicio en favor
del pueblo, el afán por afirmar convicciones y retornar a ellas cuando se han
perdido, por su proclama de decisión y lealtad a Dios. Moisés y Elías no son
personajes del pasado, viven hoy y son los signos del porvenir. El registro
inigualable de sus voces nos acompañan y serán
reproducidas poderosamente en el futuro. Son los caminos de entrada a la
eternidad, las vías que están a nuestra disposición si queremos imitarlos.