El Sello del Dios Vivo

Después de esto vi a cuatro ángeles en pie sobre los cuatro ángulos de la tierra, que detenían los cuatro vientos de la tierra, para que no soplase viento alguno sobre la tierra, ni sobre ningún árbol (7:1).

Como indiqué en el capítulo anterior, el capítulo 7 de Apocalipsis es un paréntesis entre los versos 13 y 14 del capítulo 6.  Los vientos que detienen los ángeles significan guerras, plagas, conflictos.  Veamos el texto de Jeremías 49:36 y 37:  “Y traeré sobre Elam vientos de los cuatro puntos del cielo, y los aventaré a todos estos vientos;…Y haré que Elam se intimide delante de sus enemigos... y enviaré sobre ellos espada hasta que los acabe.”  Estos vientos tienen un significado especial y lo veremos en los textos siguientes.

 * El Ángel con el Sello de Dios

Vi también a otro ángel  que subía de donde nace  el sol, y tenía el sello del Dios vivo; y clamó a gran voz a los cuatro ángeles a quienes se  les había dado el poder de hacer daño a la tierra y al mar, diciendo:  No hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado a los siervos de nuestro Dios en sus frentes (7:2,3).

Ahora podemos ver claramente el significado pleno de los vientos.  Representan las calamidades que sucederán en la tierra en ocasión de las 7 plagas postreras que son descritas en el capítulo 16 de Apocalipsis.

En momentos de juicios especiales, como en  el diluvio,  las plagas de Egipto y la destrucción de Sodoma y Gomorra, Dios siempre ha liberado a los justos.  Antes que  las 7 copas de la ira de Dios sean derramadas sobre nuestro planeta, Dios hará una obra similar para salvar a los santos.  Este ángel representa un movimiento de origen divino que se apresta para sellar a los que habrán de ser salvados de las plagas.

Nadie piense que este sello es literal.  Al igual que “la marca de la bestia”, el “sello del Dios vivo” es una señal simbólica.  Hemos de rastrear en la Biblia para hallar qué es el sello o señal de Dios.

En Génesis 17:11, el Señor dice que la circuncisión sería “la señal del pacto” entre Dios y la descendencia de Abraham.  Haciendo referencia a esto, Pablo dice en Romanos 4:11 que Abraham “recibió la circuncisión por señal, por sello de la justicia de la fe”.   Luego de repetir los diez mandamientos que Dios promulgó desde la cumbre del Monte Sinaí en el capítulo 5 del libro de Deuteronomio, Moisés dice, en el capítulo 6 y los versos 6 al 8: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón:  Y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes:   Y has de atarlas por señal en tu mano y  en la frente, entre tus ojos.”

Los judíos tomaron las palabras de Moisés en el verso 4 de Deuteronomio 6 en forma literal.  Como comienza con la palabra “oye”, que en hebreo es “Shemá”, ellos llaman así a estos versos y los  escribían  en unas tiras que ponían en su mano derecha o sobre sus frentes, las cuales eran llamadas “filacterias” (Vea Mateo 23).  Pero no era eso el mensaje de Dios, sino que estuvieran siempre conscientes de que eran pueblo especial de Dios y que debían comportarse como tal.  Tener la ley de Dios en la frente es señal de lealtad al Todopoderoso, ya que en la frente está el asiento de la inteligencia y la memoria.  Tener el sello en la mano derecha indica que en nuestro trabajo diario hemos de tener en cuenta el hacer la voluntad del Señor.

El cristiano hoy debe comprender que ha sido rescatado por Cristo del Egipto espiritual.  Debe ser un pueblo sellado, marcado.  El mundo ha de ver en el un pueblo diferente, guardador de la ley de Jehová.  Su conducta será tal que el mundo materialista y pecador que le rodea verá en él un pueblo especial, portador de un mensaje salvador.

El mundo cristiano de hoy, dividido en miles de sectas y denominaciones, tiene, en su mayoría, un concepto falso de los diez mandamientos.  Algunos dicen que la ley no tiene que ser obedecida por aquellos que están “bajo la gracia” y que viven bajo “el nuevo Pacto”.  Que ese nuevo pacto trajo una “nueva ley”.  Y, ¿de dónde han sacado ese disparate teológico?  En Jeremías 31 Dios nos habla del pacto nuevo.  Se llama nuevo, porque es hecho con la misma entidad: Israel.  Notemos que dice que Dios hará un nuevo pacto “con la casa de Israel y con la casa de Judá”  (Jeremías 31:31).  En el verso 33, Dios  dice:  “Daré mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones”.  Note que Dios dice “mi ley”.   No está hablando de otra ley, sino la misma ley que Él proclamó desde el Sinaí.

Otra doctrina, no menos errada, es la que afirma que Cristo ya guardó la ley y que nosotros no estamos obligados a ella.  Pero, ¿es posible que Dios nos ordene algo que nosotros, por su gracia, no podamos observar?  Imposible.  Nadie puede, con poder inherente en él, guardar la ley de Dios.  Es necesario que dependamos continuamente en Cristo para poder ser obedientes a los preceptos divinos.  Jesús dijo: “Sin mí nada podéis hacer” (Juan 15:5).  Si no fuera necesario guardar los mandamientos,  ¿por  qué  el mismo Jesús dijo al joven rico que para “entrar en la vida” tenía que observar “los mandamientos”?  A la pregunta del joven : ¿Cuales?, Jesús le mencionó algunos de ellos (Mateo 19:16-19).

Dios cuenta con un pueblo  que tiene su ley en su corazón (Isaías 51:13).  ¿Cuál debe ser nuestra actitud hacia la ley del cielo?  “A La ley y al testimonio; si no dijeren conforme a esto es porque no les ha amanecido” (Isaías 8:20). Al describir a los verdaderos adoradores de los últimos días, el Señor dice:  “Aquí están los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Apocalipsis 14:12).

Pero, ¿será posible que haya ministros o predicadores que se llamen cristianos que digan que la introducción de la gracia conceda licencia para quebrantar los mandamientos de Dios?  ¿Es entonces posible que Dios acepte que sus seguidores sean blasfemos, idólatras, fornicarios, ladrones, mentirosos  y  asesinos?  Claro que no.   Pero hay  un mandamiento que molesta a los modernos predicadores: el cuarto, el que ordena observar el santo Sábado.

Dios sabía que habría, en los últimos días, gente que se atrevería a contradecir sus palabras y a menospreciar su ley.  Por eso hizo del Sábado una señal especial.

Con todo eso vosotros guardaréis mis sábados; porque es señal entre mí y vosotros por vuestras edades, para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico. Así que guardaréis el sábado, porque santo es a vosotros: El que lo profanare, de cierto morirá; porque cualquiera que hiciere obra alguna en él, aquella alma será cortada de en medio de sus pueblos.  Seis días se hará obra, mas el séptimo día es sábado de reposo consagrado a Jehová; cualquiera que hiciere obra el día del sábado morirá ciertamente.  Guardarán, pues, el sábado los hijos de Israel; porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó y reposó (Éxodo 31:13-17)”.

Hay quien diga que ese pasaje va dirigido a “los hijos de Israel” y no a nosotros.  Pero es que una vez la nación judía rechazó al Mesías, ya dejó de ser pueblo de Dios.  Veamos lo que dice Pedro:  “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” (2 Pedro 2:9).  Pedro se está dirigiendo a todos los creyentes sin importar nacionalidad (Lea Efesios 2 y Galatas 3 y 4).

No sólo en los dos textos  que vimos de Exodo 31 dice Dios que su Sábado es una señal, sino que en Ezequiel 20: 12 y 20 vuelve a mencionar que el Sábado es la señal entre Él y su pueblo.  En Isaia 56:1-6, el Señor escoge el cuarto de sus diez mandamientos como una prueba a los extranjeros que quieran unirse a su pueblo.  Hoy el Sábado sigue siendo la señal profética.  En medio de un cristianismo confundido por los falsos profetas, Dios tiene un pueblo señalado. Cada Sábado, mientras el llamado mundo cristiano colma los centros comerciales y de diversión, hay un pueblo que, Biblia en mano, camina a sus centros de adoración.

La observancia del Sábado es, según la Santa Palabra de Dios, el “sello del Dios Vivo”.  Esta institución sagrada ha de ser la que distinga a la verdadera iglesia de Cristo en estos últimos días y la que nos protegerá de las plagas postreras. 

Habrá quien objete esta interpretación, alegando que el sello es el Espíritu Santo, ya que Pablo lo dice así: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual estáis sellados para el día de la redención (Efesios 4:30)”.

El Espíritu Santo es el agente sellador.  Es Él el que imprime los principios de la ley de Dios en los corazones de los que aceptan a Cristo.  Él es el sello en el sentido del instrumento que sella.  Pero también se llama sello a la huella o marca que el instrumento deja.  En ese sentido, no hay contradicción al decir que los principios de la ley de Dios, sobre todo el mandamiento del Sábado, constituyen, juntamente con el Espíritu Santo, el sello del Dios Viviente.  Ezequiel 36:27 presenta esta armonía divina en estas palabras de Dios: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu y haré que andéis en mis mandamientos…”.

Dilucidado lo que es el sello de Dios, continuemos con Apocalipsis 7:

 * Los 144,000

Y oí el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de Israel.  De la tribu de Judá, doce mil sellados.  De la tribu de Rubén, doce mil sellados.  De la tribu de Gad, doce mil sellados.  De la tribu de Aser, doce mil sellados.  De la tribu de Neftalí, doce mil sellados.  De la tribu de Manasés, doce mil sellados.  De la tribu de Simeón, doce mil sellados.  De la tribu de Leví, doce mil sellados.  De la tribu de Isacar, doce mil sellados.  De la tribu de Zabulón, doce mil sellados.  De la tribu de José, doce mil sellados.  De la tribu de Benjamín, doce mil sellados (7:4-8).

Hay algo que llamamos “numerología”, que es la ciencia o credo que estudia el significado de los números.  Especialmente los Semitas son muy celosos con los números.  Esa es la razón por lo cual aparecen tantos diversos números en la Biblia.  En el caso del número 12, su significado es “completo”.  En el caso del pasaje de Apocalipsis 7, que estamos considerando, el número 12 se acentúa, cuando se multiplica 12 mil  X  12.

Siendo que Jacob adoptó los dos hijos de José, Manasés y Efraim, Moisés se encontró con un dilema: tenía 13 tribus en lugar de doce.  Lo resolvió separando a la tribu de Leví para el ministerio.  Lo mismo pasó con los apóstoles de Cristo.  Al morir Judas, luego de sus traición, quedaron sólo 11 apóstoles.  Y ¿por qué no quedarse con los 11?  Pedro convocó una reunión donde buscaron un substituto para Judas.  La suerte cayó en Matías.  Pero, ¿fue correcta esa elección?  Creo que no.  Si alguien habría de ocupar ese puesto fue Pablo.  Él mismo se llama apóstol.  Creo que en los nombres que aparecerán en los fundamentos de la Santa Jerusalén, el nombre de Matías no aparecerá, sino el de Pablo.

Hay divergencia en cuanto quienes son los 144,000.  Algunos dicen, por la lista de tribus que da Juan, que tienen que ser judíos literales.  Esto no es posible si entendemos lo que Pablo habla en Gálatas y Efesios sobre quienes forman el Nuevo Israel, cosa que ya hemos visto.  Además, ya eso de doce tribus no existe.  Todas las tribus se han mezclado entre ellas. Otros afirman que son un grupo especial entre los salvados de la última generación.  Pero, ¿cómo Dios va a escoger entre los que sean trasladados a ese grupo especial?  Obviamente hay algo que los distingue, pero eso será la misma señal para todos los que vivan en el último tiempo.  ¿O es que pensaremos que sólo se salvarán literalmente 144,000 entre todos los vivientes?  Piense: ¿cuántos cristianos hay hoy en el mundo entre los que están en la iglesia remanente?  Son más de 10 millones.  Si tan sólo se salvaran el 10% de ellos, tendríamos más de un millón.  Y si razonamos que muchos millones se unirán en el tiempo del “Fuerte Pregón” de Apocalipsis 18.  Supongamos que hayan 12 millones listos para la traslación, ¿va Dios a separar entre ellos a sólo 144,000?  ¿Y el resto?

Creo sinceramente que  no es tan difícil descifrar el misterio.  El apóstol Santiago, al iniciar su epístola, la dirige “a las doce tribus esparcidas” (Santiago 1:1).  Cierto que había en su tiempo lo que se conoce como “la Diáspora”, la cual la componían todos los judíos en las diferentes naciones.  Pero al usted leer la carta, verá que está dirigida a todas las comunidades cristianas, las cuales eran compuestas, en su mayoría por cristianos venidos de los gentiles o no judíos.

Vamos a  la lista de los hijos de Israel que nos da el pasaje.  Notemos que los nombres no están en el orden debido.  Vemos que no se encuentra la tribu de Dan, sin embargo se halla José, que, aunque era uno de los hijos de Jacob, el patriarca adoptó los dos hijos de este y se eliminó a José.  De los dos hijos de José aparece Manasés, pero no Efraim.  Además aparece Leví, tribu que Moisés separó de los doce para que sirvieran en el ministerio del Santuario, sus fiestas y sus sacrificios.  Lo importante para el autor no son los nombres, sino la cantidad: doce.

Sólo hay una forma de ver esto:  los 144,000 representan a todos los santos que estén vivos cuando Jesús venga por segunda vez.  Pero, ¿habrán sólo 144,000?  No.  Habrán millones.  Pero el número es más bien el nombre de este grupo.  Cada cristiano que esté vivo en aquella memorable ocasión formará parte de un grupo muy especial y serán los primeros que se levantarán a recibir al Señor en los aires.  Cuando lleguemos al capítulo “El Mensaje Final” daremos más detalles sobre los 144,000.

* La Gran Multitud

Después de esto miré, y   he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas y con palmas en las manos, y clamaban a gran voz, diciendo:  La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.

Y todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono, y de los ancianos Y de los cuatro seres vivientes; y se postraron sobre sus rostros delante del trono, y adoraban a Dios, diciendo:  Amén.  La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y la honra y el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos.   Amén. (7:9-12).

Esta “gran multitud” es el cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham, que sus simiente sería “como las estrellas del cielo” y “como la arena del mar”.  He aquí todos los salvados de todas las edades, fruto de la obra del Cordero en la cruz del Calvario.  Ante el agradecimiento de los redimidos y sus alabanzas a Dios, el Padre  y a Jesucristo, los ángeles y los seres celestiales unen sus voces en cantos al Todopoderoso.

Los salvados forman dos grupos:  los 144,000, que pueden ser contados, y estarán vivos cuando regrese el Señor, y la gran multitud, que no puede ser contada, la cual la componen los que han de ser resucitados en ese momento.  Todos  formarán una inmensa nube de seres vivientes que se levantará de la tierra e irá “a recibir al Señor en el aire (1 Tesalonicenses 4:17)”.

Entonces uno de los ancianos habló, diciéndome:  Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quienes son y de dónde han venido?  Yo le dije:  Señor, tú lo sabes.  Y él me dijo:  Estos son los que han salido de la Gran tribulación, y han lavado sus ropas y las han emblanquecido en la sangre del Cordero.  Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos.  Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos (7:13-17)

Estos versos finales del capítulo 7 hay que entenderlos en su debido marco.  Pareciera, a primera vista, que se refieren a la gran multitud por el hecho de que están vestidos de blanco.  Pero al hacer claro que pasarán por la “gran tribulación” y que el sol no los castigará, lo cual pasará en la cuarta plaga, nos hace creer que se refiere a los 144,000.  Este grupo especial estará siempre más cerca de Cristo y habrá de compartir con Él el gobierno de la tierra. Las ropas blancas, las cuales vestirán todos los salvados, representan la justicia de Cristo.  Este ropaje de tejido celestial, será el pasaporte para entrar a las mansiones eternas.

 

 

 

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"Un dialogo con Dios..."12/15/2007

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